La función social del diseño: realidades y utopías

Premisas

1. La insistencia con que se plantea el debate sobre “la función social del diseño” ha hecho que esta frase adquiriera el carácter de verdadera categoría ideológica de la disciplina.

2. El mero planteamiento de esta problemática lleva implícita una toma de posición. Quienes la plantean, con el sólo hacerlo, la reivindican; asignan de antemano a la disciplina una misión humanitaria: la frase contiene, latente, una aseveración: “el diseño tiene una función social".

3. Y lo reiterativo de esta reivindicación lleva, también implícita, otra afirmación: el reconocimiento de que el Diseño, en la realidad, no cumple con ese compromiso supuestamente inherente a su propio concepto.

4. Si se supera toda toma de posición a priori acerca de esta problemática y se la analiza con objetividad, veremos que la respuesta no presenta dificultad alguna, no implica ningún desafío intelectual.

5. Lo interesante de dicha insistencia no es tanto la respuesta que pueda dársele al tema, como los orígenes del dilema, su carácter de síntoma de una patología profesional.

Propuesta

Para abordar el tema de “la función social del diseño” resulta indispensable hacer dos aclaraciones de partida:

a) definir si por “función social” nos referiremos a la incidencia general del diseño en la sociedad o si nos referiremos a un determinado tipo de incidencia: la animada por fines solidarios o humanitarios.

b) definir si, al abordar este tema, consideraremos al diseño tal y como se manifiesta en la sociedad real, o si intentaremos hacer una propuesta alternativa, es decir, formular un “debe ser” del diseño.
Combinando estas ópticas surgen tres respuestas distintas. Veámoslo.

1. El diseño sólo tiene función social

Si nos referimos a la función social en sentido amplio y al diseño en su realidad actual, esta práctica en todas sus manifestaciones tiene una indiscutible función social: todo lo que el diseño produce va dirigido a la sociedad e incide poderosamente sobre ella, para bien en unos casos y para mal en otros.

2. El diseño tiene escasa función social

Si seguimos refiriéndonos al diseño como una práctica real y actual, pero por “función social” nos restringimos a su acepción humanista, tendremos que reconocer que esta función sólo se cumple marginalmente. El diseño sólo puede cumplir una función humanitaria allí donde existan actores socio-económicos (“clientes”) que asuman un compromiso social real, no perverso.

Estos actores escasean. O carecen de fondos (que es lo mismo). La economía y el mercado neo-liberal – contexto real y predominante de la práctica del diseño – poseen un carácter abiertamente antisocial y, por lo tanto, obstaculizan aquella función.

Sólo un sector ultraminoritario de diseñadores conseguirá trabajo en el campo efectivamente social y, aún así, con muy bajas remuneraciones o, incluso, en regímenes de voluntariado solidario.

En una economía de mercado no se puede hablar de “función social” como característica esencial del diseño. En este modelo de sociedad la “función social del diseño” no pasa de ser un desideratum, una pura manifestación de deseos, cuando no una fantasía compensatoria de la culpa.

La función social, antisocial o neutra de cualquier profesión no la determina ésta sino el sistema social en que se inscribe. No está implícita en la disciplina (que puede tenerla o no tenerla): se le asigna desde afuera. Y no es el diseñador quien puede asignársela sino el cliente real, el que encarga y paga el servicio y lo pone en uso. Sólo hay función social donde el cliente tenga una misión social.

En un modelo de sociedad estructuralmente injusta como el vigente la función social del diseño y de cualquier profesión está bloqueada por los intereses prioritarios del mercado. Olvidado este “detalle” toda referencia a la “función social” caerá en el delirio.

3. El diseño podría tener función una social

Si nos mantenemos dentro de aquella acepción humanista de “función social”; pero, a contrapelo de la realidad, nos animamos a proponer que el diseño asuma esa función de un modo sistemático, no anecdótico, tendremos que ingresar en el terreno de la propuesta alternativa. Consecuentemente, deberemos asumir el compromiso intelectual y ético de denunciar las razones por las cuales dicha función es actualmente marginal y señalar las condiciones que tendrían que darse para que se cumpla plenamente.

No cabe duda que, para que los diseñadores en su conjunto puedan trabajar seria y continuamente al servicio de las necesidades de la sociedad y no del mero mercado, es indispensable que prosperen los proyectos política y económicamente transformadores, o sea, los populares. El diseñador preocupado por su función social debe, en tanto sujeto político, apoyar sin reservas todos movimientos que defiendan las causas sociales y no esperar, cándidamente, del sistema imperante una función ajena a su naturaleza y objetivos.

Corolario

El replanteamiento permanente, insistente, de esta problemática y su situación de irresuelta no es producto de su complejidad sino síntoma de un “malestar en la cultura del diseño”, cierta insatisfacción del profesional que pretende canalizar su compromiso social a través de una profesión que se resiste a acompañarlo.

Esta problemática tarda en dirimirse pues se parte de una contradicción: exigirle compromiso social a una profesión sólidamente articulada con el mercado y la sociedad de consumo. Se trata de una contradicción propia de la clase media: los privilegios de que goza respecto de las clase obrera no le dejan ver – ni quiere ver – su carácter de clase explotada. Y el carácter alienado de su trabajo.

El profesional quiere “poner su trabajo al servicio de una función social” a pesar de no poder hacerlo por si mismo. Quiere salvar a la sociedad a través del diseño sin reconocer que esta profesión existe gracias a un modelo socio-económico que la ha configurado como tal. Y que mayoritariamente la ha puesto directa o indirectamente al servicio del mercado de consumo.